martes, octubre 26, 2010

Las Vegas: Más de 100 años haciendo juego, señores.

Dos días en Las Vegas. Éste es el tiempo máximo que permanecen en ella la mayoría de los 30 millones de visitantes que la visitan. Incluída yo misma. Cuarenta y ocho horas de decorados kitch, ruletas, tragaperras, cartas, bienvenidos señores, esperamos su vuelta pronto, señores; ¿está todo de su agrado, señores?, ¿en efectivo o con tarjeta?, quizás esta noche duerman en la suite Cleopatra, hagan su apuesta, señores; y otro tanto de luces histéricas diseñadas para aturdir los sentidos y los bolsillos de aquellos que deciden escapar de su monotonía durante el fin de semana. Tanta sonrisa de plástico, tanta amabilidad dirigida a seducir la cartera de los pudientes y la vergüenza por no serlo del trabajador medio que se lleva a su señora a una noche de fantasías y sueños. Ellos, los que nunca serán ricos, posiblemente se gastarán más de lo que debieran por no reconocer que tanta bombilla y champán les viene grande. Porque a Las Vegas sólo se va a soñar que uno es rico y que un golpe de suerte le devolverá a su casa con una historia que contar a los amigos y unos cuantos de cientos de miles de dólares más.



Esta locura de ciudad, este artificio nacido en el medio del desierto, cumplió 100 años de existencia en el 2005. No demasiado tiempo en realidad para haberse convertido en la hija perfecta del American way of life, donde todo es posible y cualquier cenicienta se puede convertir en princesa si desarrolla el marketing y el producto de la forma correcta. No sé si esta tierra, antaño hogar de los indios navajos, deseaba vestir lentejuelas y despertar una mañana con resaca y el rimmel corrido. Pero éste fue su destino cuando en 1905 se subastaron los 110 acres de terrenos que hoy forman el Downtown. Ciudad clandestina del juego en sus inicios, la Gran Depresión la transformó en un lugar respetable cuando el estado de Nevada decidió legalizar de nuevo el juego. Diez años después comenzó su largo idilio con las mafias, los actores de Hollywood o los cantantes tan carismáticos entonces como Sinatra o Elvis, que frecuentaron los escenarios de Las Vegas a partir de la década de los 50. Hoy el Rey del Rock aparece aquí y allá, casándose con una rubia que aún no se fue a acostar, posando junto a un turista o subido a un escenario de algún teatro.


Supongo que pocas cosas han cambiado, a pesar de los resorts a lo Disneyworld. Sigue siendo una ciudad de excesos diseñada para distorsionar la realidad, para hacer olvidar con sus pirámides, su Torre Eiffel, su Plaza de San Marcos y su Manhattan que uno se encuentra en mitad del desierto, en mitad de la nada. Artificios como el olor a coco que emana del Tropicana, invadiendo con su dulzura incluso la calle. Aromas de pega para tapar el olor que sale de las mesas, de las máquinas tragaperras, del tabaco que aquí sí tiene territorio, porque, en Las Vegas, en esta ciudad que vive para y por la diversión, ningún fumador se ve aún privado de su vicio. Una bola de cristal donde, en vez de caer copos de plástico-nieve sobre una bailarina, se derrama la luz de cientos de bombillas sobre todos aquellos que acuden a ella para salir de su vida real y estática. Todos buscando un golpe de suerte que engrose su cuenta de ahorro con aires de grandeza o una sonrisa del destino que permita cambiar el look de camarera por el de cantante. Esto es Las Vegas. Donde dicen que  nunca se duerme aunque realmente lo que nunca pare es el juego. Los restaurantes cierran, los clubs también pero ni la mala ni la buena suerte se van a la cama. Hagan juego, señores. Esto es Sin City, la ciudad del Pecado.
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Descensos alrededor del mundo.

Chamonix, Francia. El mejor esquí extremo de Europa.
Allí donde se encuentran las fronteras de Italia, Francia y Suiza se localiza una de las mecas mundiales de los aficionados al esquí. Situada en el corazón de los Alpes, en un entorno espectacular, a los pies del macizo del Mont Blanc y rodeado de glaciares, Chamonix ofrece 113 kilómetros de pistas de esquí alpino, incluyendo las mejores pistas negras de Francia. Una de las vistas más espectaculares que se pueden tener sobre el Mont Blanc se obtiene desde la cima del Aiguille du Midi, a donde se llega través de uno de los teleféricos más altos y largos del mundo. La panorámica de 360 grados abarca no sólo a la cumbre más elevada de Europa Occidental sino también glaciares como el de Glace o Géant. Además, desde el Aiguille du Midi se accede al impresionante descenso del Vallée Blanche, uno de los más largos e impresionantes del mundo con 20 kilómetros de recorrido y un desnivel de 2.800 metros. Chamonix no es desde luego el mejor destino para aquellos que aún titubeen sobre los esquís, ya que de sus 68 pistas, 13 son negras, 18 rojas, 29 azules y sólo 7, verdes. A éstas hay que unir los 55 kilómetros del dominio Les Houches –donde se encuentra la afamada pista La Verte-, ahora incluido en el forfait Mont Blanc Unlimited. www.chamonix.com .


Aspen, Estados Unidos. Las pistas más glamorosas de Estados Unidos.
Lejos queda ya en el tiempo los años en los que las minas de plata daban de comer a los habitantes de este rincón de las Montañas Rocosas. La nieve, una de las mejores del mundo, es ahora la que atrae a millonarios y famosos a este mítico destino para los amantes del esquí. Situado en el estado de Colorado y formado en realidad por cuatro estaciones –Aspen Highlands, Aspen Mountain, Buttermilk y Snowmass-, el dominio esquiable de Aspen-Snowmass ofrece 336 pistas con una extensión total de 500 kilómetros. Aunque tanto Buttermilk como Snowmass ofrecen una buena cantidad de recorridos para principantes, además de excelentes pipes para el snowboard, la mayoría son para niveles intermedios y expertos, como las famosas pistas negras de doble diamante de Aspen Mountain o la Go-Go Gully Highland Bowl, que con su inclinación de 48 grados es una de las más complicadas de Aspen Highlands. Pero Aspen no es sólo conocida por la calidad de su esquí sino también por su aprè-ski, el más animado y sofisticado del país. Lugares como el Ajax Tavern o el J-Bar, abiertos en los lujosos resorts de The Little Nell y Hotel Jerome, respectivamente, o los clubes Chelsea yAspen Fly Lounge son algunos de los establecimientos preferidos por aquellos que quieren ver y ser vistos. www.aspensnowmass.com


Whistler-Blackcomb, Canadá. Esquiando junto a los olímpicos.
Con el mayor dominio esquiable de Norteamérica -más de 3.300 hectáreas- una temporada que llega hasta principios de junio, el descenso vertical más largo del continente y una amplia oferta de pistas para todos los niveles, la estación canadiense de Whistler-Blackcomb es sin duda uno de los destinos de esquí más completos del mundo. Y durante este año también será uno de los más visitados, ya que desde el próximo 12 de febrero y hasta el 28 del mismo mes acogerá junto a Vancouver la XXI edición de los Juegos Olímpicos de Invierno. Para ello, la estación se ha ido preparando a lo largo de los últimos años, incorporando algunas novedades, como la góndola Peak 2 Peak, la más alta y de mayor recorrido de las de su categoría. Desde el año pasado, las dos montañas que dan nombre al dominio han dejado de estar incomunicadas entre sí gracias a los once minutos que tarda en salvar los 3200 metros existentes entre ambas, permitiendo que los esquiadores que deseen cambiar de área ya no tengan que descender hasta el pueblo de Whistler para ir en una u otra dirección. Entre las 200 pistas de la estación, la mayoría de ellas de nivel intermedio, destaca la vertical llamada Peak to Creek, que en sus 1600 metros de descenso une la cumbre de la montaña Whistler con la base Creekside. www.whistlerblackcomb.com .


Lech y Zürs, Austria. El ambiente más sofisticado de los Alpes austríacos.
El paso que une las provincias austríacas de Tirol y Vorarlberg da nombre al área esquiable de Arlberg, donde se encuentran las exclusivas estaciones de esquí de Lech y Zürs. Por sus pistas discurren millonarios, famosos y miembros de la realeza europea que llegan atraídos por algo más que su ambiente refinado: sus excelentes fuera pistas y su nieve, que aquí cae casi en doble cantidad que en otras zonas de Arlberg. Con 117 kilómetros de pistas y 180 de recorridos abiertos, Lech y Zürs son perfectas para los niveles intermedios. Destaca el llamado Anillo Blanco, un circuito de 22 kilómetros formado por pistas rojas y azules que circunvala por completo el dominio formado por estas dos estaciones y la de Oberlech. El forfait que da acceso a estas estaciones también permite disfrutar del resto de los 276 kilómetros del área esquiable de Arlberg, que incluye a St. Cristoph, Stuben y St. Anton, famosa por su animado aprè-ski. www.lech-xuers.at y www.skiarlberg.at .


Zermatt, Suiza. El centro de heli-skiing más importante de los Alpes
El característico perfil afilado del Matterhorn es el protagonista absoluto de uno de los mejores resorts de esquí del mundo, famoso por sus maravillosas pistas, entre las que se encuentran las más altas de Europa, su ambiente cosmopolita y su nieve de excelente calidad. Situado en medio de un paisaje de impresionante belleza, con una docena de cuatromiles a su alrededor, Zermatt es además el centro de heli-skiing más importante de los Alpes, con el llamado Tour de Monte Rosa como buque insignia que, desde su inicio a una altitud de 4200 metros, recorre más de dos kilómetros y medio de glaciares. Visitado y convertido en meca de los montañeros desde que se ascendiera el Matterhorn por primera vez en 1865, este dominio cuenta con 350 kilómetros de pistas repartidas en cuatro áreas: Rothorn, Gornergrat, Klein Matterhorn y Schwarzsee. Los esquiadores avanzados encuentran en Zermatt numerosas fuera pistas, muchas de ellas marcadas y controladas para evitar las avalanchas pero no patrulladas, y otro tanto en el que es mejor internarse acompañado de un guía. Entre las variadas actividades que ofrece la estación se encuentran los descensos nocturnos con luna llena o la oportunidad de ser el primero en discurrir entre Trockener Steg y Furi mientras el resto del pueblo comienza a desperezarse. www.zermatt.ch


Nisako, Japón. Una de las mejores nieves del mundo.
Con cerca de 700 estaciones, Japón es el país que cuenta con el mayor número de resorts de esquí del mundo y, a pesar de eso, permanece prácticamente ignorado por los occidentales aficionados a este deporte, aunque ya se empieza a notar una tímida afluencia de aquellos turistas que deciden incluir en su viaje por el país una parada en alguna de sus estaciones. La isla de Hokkaido, situada al norte de Tokio, recibe cada invierno las tormentas que llegan directamente desde Siberia, trayendo consigo una de las más ligeras, secas y suaves nieves del mundo, lo que convierte al dominio de Niseko en uno de los más atractivos del país. Con unas espectaculares vistas sobre el Monte Yotei, cuya forma recuerda al Monte Fuji, el área reúne las pendientes que rodean a los pueblos de Hirafu, Niseko y An’nupuri. Éste es uno de los pocos resorts de Japón donde las fuera pistas están permitidas y también donde el esquí nocturno está ampliamente presente, sobre todo en las pistas de Hirafu. Sin olvidar que Niseko ofrece también la relajante experiencia de sumergirse en las calientes aguas de un onsen tras un largo día de esquí. www.niseko.ne.jp


Courchevel, Francia. Un aprè-ski con estrellas Michelín.
Integrada en el dominio Tres Valles, el más extenso del mundo con 330 pistas, 600 kilómetros de descensos y 10.000 hectáreas de fuera pistas, la estación de Courchevel ofrece una de las mejores experiencias para los aficionados al esquí. Aquí es posible esquiar sin repetir pistas en varios días y, si el bolsillo lo permite, disfrutar de la mejor cocina francesa en los restaurantes galardonados con estrellas Michelín Le Chabichou, Le Bateau Ivre –con unas soberbias vistas sobre Courchevel y su valle- y La Table du Kilimanjaro. Cinco bases dispuestas en otro tanto de altitudes –Saint Bon, Courchevel 1300, Courchevel 1550, Courchevel 1650 y Courchevel 1850- conforman esta área que reúne un total de 150 kilómetros de pistas, de las cuales 15 son verdes, 34 azules, 35 rojas y 9 negras. De todas las zonas, la más alta es el corazón de la estación, con diferentes góndolas y sillas dirigiéndose hacia el sur, el este y el oeste del dominio; restaurantes, boutiques y lujosos hoteles, un descenso de dos kilómetros de tobogganing o la pista olímpica de patinaje sobre hielo, entre otros. Y por si fuera poco todo lo que ofrece el valle de Courchevel, el forfait para los Tres Valles (desde 46,50 €) abre la puerta al resto de los 450 kilómetros que se dispersan por Méribel, Val Thorens, La Tania, Brides-Les-Bains, Les Menuires-Saint Martin y Orelle. www.courchevel.com

 

Deer Valley, Estados Unidos. La nueva estrella del esquí americano.
A las estaciones estadounidenses de Vail, Aspen o Jackson Hole les ha salido un duro competidor en este dominio de tres décadas de antigüedad situado en la cordillera Wasatch, al norte del estado de Utah. En los últimos años, ha ido escalando puestos entre la preferencia de los esquiadores del país hasta conseguir el podium tal y como demuestran los tres primeros puestos que ha conseguido consecutivamente dentro de la encuesta que realiza anualmente la prestigiosa revista SKI Magazine. El esmerado servicio que recibe el cliente durante la estancia, su cuidada oferta gastronómica, el límite de venta de forfaits al día –aproximadamente unos 7500- y el que sea una de las pocas estaciones del mundo que prohíbe la práctica del snowboard son algunos de los factores que la han hecho merecedora de este liderazgo. La nieve polvo de Utah es famosa y en este lujoso dominio de 820 hectáreas hay excelentes pistas donde disfrutar de ella. Con un total de 100 descensos distribuidos en seis montañas, ofrece amplias posibilidades para todos los niveles, ya que de ellas 27 son para principiantes, 41 para intermedios y 32 para avanzados, quienes disfrutarán sin duda de las pistas negras de diamante de Lady Morgan o de los descensos vírgenes de la cara norte de la Bald Mountain. www.deervalley.com

Publicado en Revista Man 
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La Highway 1, un road trip a lo largo de la costa californiana.

El cine estadounidense ha poblado el imaginario colectivo con cientos de imágenes de impresionantes calzadas recorriendo los más bellos paisajes del país, como la mítica Route 66, la llamada Carretera Madre por el escritor John Steinbeck, o las interestatales 15 y 40 a su paso por el desierto de Mojave. Subirse a un descapotable, ponerse las gafas de sol y apretar el acelerador sin otra expectativa más que el puro disfrute del camino es el sueño de muchos amantes de la conducción y del descubrimiento y en la State Route 1 es difícil acabar decepcionado. Con una extensión de más de 1.000 kilómetros, la también llamada Pacific Coast Highway o simplemente la Highway 1, es una de las más bellas carreteras de Estados Unidos y el mejor balcón posible para admirar la belleza de la costa californiana. Acantilados, viñedos, cultivos frutales y suaves colinas se suceden a lo largo de esta vía salpicada de pueblos marítimos y localidades glamurosas que tiene además en San Francisco y Los Ángeles dos de sus paradas imprescindibles, aunque para ello haya que aparcar el coche por unos días.

Foto: California Travel & Tourism Commission

Oficialmente, los extremos de la State Route 1 son al norte Leggett, en el condado de Mendocino, y Dana Point, al sur de Los Ángeles y en el Condado de Orange. La dirección a seguir es lo de menos, aunque sí habría que tener en cuenta la temporada, ya que el verano atrae a demasiados viajeros quitándole a este recorrido parte de su encanto. Lo mejor, la primavera o el otoño, cuando los atascos desaparecen y se puede disfrutar con más tranquilidad no sólo de sus bellos paisajes sino también de las numerosas atracciones que salpican la carretera. Mendocino, uno de los primeros puntos de interés si se empieza el recorrido por el norte, es uno de sus ejemplos. Situada sobre un entrante rocoso que se adentra en el mar, esta coqueta localidad despierta, cómo no, recuerdos de palomitas y cine de verano. Aquí se rodaron películas como Al Este del Edén o Rebelde sin Causa. Será el principio de una sesión continua que volverá a traer más metraje en San Francisco, una de las ciudades más atractivas del país y a la que habría que dedicarle como  mínimo tres días.

Half Moon Bay. Foto: California Travel & Tourism Commission.

Una vez se deja atrás El Golden Gate, comienza uno de los tramos más bellos de la State Route 1. Entre San Francisco y Santa Cruz, la carretera descubre a lo largo de 110 kilómetros numerosas playas, siempre tumbadas a la vera de la calzada, que discurre sinuosa guardando grandes sorpresas tanto naturales como culinarias. Half Moon Bay, el principal municipio costero de esta zona, abarrotado de calabazas cuando se acerca la festividad de Halloween; el pueblo de Pescadero, famoso por sus alcachofas -al igual que el pueblo de Castorville, más al sur- y por albergar uno de los restaurantes más populares de la costa californiana, el Duarte's Tavern; y las dunas del cabo Año Nuevo, con sus colonias de elefantes marinos, son algunos de los puntos de interés que aparecen en el camino antes de llegar a Santa Cruz, conocida en el país por su aire excéntrico, sus políticas de izquierdas y, ya en el plano más turístico, su paseo marítimo, donde se encuentran la montaña rusa Giant Dipper, una reliquia de madera de la década de los 20, y el tiovivo Looff, del año 1911, ambos declarados Monumento Histórico Nacional.

Monterey. Foto: Nuria Cortés

Pero a pesar de los encantos que se descubren de camino a Santa Cruz, el plato fuerte de la ruta comienza realmente en la localidad costera de Monterey, en cuyas aguas se pueden ver, dependiendo de la temporada de cada una, ballenas azules y jorobadas. Un aliciente más si cabe para los más de 150 kilómetros de vistas espectaculares y curvas que discurren entre las Montañas Santa Lucía y la escarpada costa del Pacífico. Este tramo, conocido como el Big Sur, alberga tal belleza que escritores como John Steinbeck, Jack Kerouac, Henry Miller o Robert Louis Stevenson alabaron sus paisajes en sus escritos o encontraron aquí inspiración y un refugio donde esconderse del ajetreo urbano y social de su vida cotidiana.

Big Sur. Fotos: Nuria Cortés.

Algunos, como el propio Kerouac, hallaron una paz inmensa entre sus acantilados y otros, como Orson Wells y Rita Hayworth, se enamoraron tanto del lugar que decidieron comprar una cabaña. No les dio tiempo siquiera a disfrutar de ella porque su tormentosa relación acabó al poco tiempo aunque, eso sí, la leyenda del paso de la pareja por el Big Sur aún continúa y en el Nepenthe, el bistrot que hoy ocupa aquella cabaña, aún se siguen pronunciando sus nombres y se escucha esta historia. Anécdotas cinéfilas aparte, la terraza del establecimiento es un lugar fantástico para hacer una parada, comer y disfrutar de las increíbles vistas de esta parte de la costa californiana. 

Piedras Blancas. Foto: California Travel & Tourism Commission.

 El viaducto Bixby, con sus 80 metros de alto y sus 200 metros de largo, la bellísima playa de Pfeiffer, famosa por sus puestas de sol, la colonia de elefantes marinos de Piedras Blancas, las espectaculares vistas que se contemplan desde el acantilado Ragged Point, las casas como de cuento de Carmel-by-the-sea o el castillo del magnate de la prensa William Randolph Hearst, una curiosa y ecléctica edificación situada en lo alto de una colina de San Simeón y que marca el límite sur de este tramo, son algunos de los enclaves más fotografiados y sobresalientes del llamado Big Sur. Para disfrutar de todo ellos, lo más recomendable es dedicarle medio día, entre otras cosas porque el trazado de la carretera obliga en la mayoría de su recorrido a frenar el acelerador y transitar a una media de 50 kilómetros por hora. Una obligación que realmente se acata gustoso y que desaparece en cuanto se llega a San Simeón y la carretera deja de ser un balcón sinuoso para abrirse de nuevo a las playas amplias y los paisajes suaves. 

Big Sur. Foto: Nuria Cortés.

En este punto del camino, los viñedos vuelven a asomar, sobre todo al llegar a la zona de Santa Bárbara, donde de nuevo vuelve el cine de la mano de la famosa película Entre Copas, rodada en la región. Se puede abandonar temporalmente la State Route 1 para conocer sus bodegas o, un poco antes, en Lompoc, visitar La Purísima Mission State Historic Park, donde se encuentra una de las más bellas misiones de California, o seguir en dirección a la bella ciudad de Santa Bárbara, donde uno puede probar en el restaurante Súper-Rica, situado en North Milpas Street, los que dicen son los mejores tacos del país. Y después, incluso darse el capricho de alojarse en el rancho San Ysidro, un lujoso establecimiento frecuentado por famosos y que en su día acogió a John y Jackie Kennedy durante su luna de miel.

Venice. Foto: California Travel & Tourism Commission

Los nombres propios, sobre todo de actores, vuelven a cobrar protagonismo a partir de las Montañas de Santa Mónica. Los Ángeles se acercan y comienza a notarse sobre todo en la famosa Malibú, con sus espectaculares playas y sus casas de revista asomando a la orilla. La State Route 1 avanza paralela a la costa dejando a su paso otros centros costeros al más puro estilo californiano como Santa Mónica o Venice. Poco queda ya para que finalice en Dana Point, en el Condado de Orange. Y nada nuevo realmente por descubrir. Lo mejor, despedirse de esta increíble carretera y meterse de lleno en el asfalto para finalizar esta particular “road-movie” al más puro estilo “hollywoodiense” . Entrando en Los Ángeles.

Publicado en Revista Capital.
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jueves, abril 15, 2010

Citas XIX

"Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia."

Enrique Jardiel Poncela (1901-1952)

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jueves, diciembre 17, 2009

Mesa y mantel en las alturas I


Aunque sus cartas justifican por sí mismas la visita a estos locales, son sus increíbles vistas las que definitivamente los convierten en una estupenda elección para un almuerzo o cena especial. Eso y que todos ellos se encuentran entre los restaurantes más altos del mundo. Bon appétit et les plus belles vues!



Vértigo Grill and Moon Bar, Bangkok. Sin miedo a las alturas.
Posiblemente sea una de las terrazas más espectaculares del mundo. Y sin duda es uno de esos restaurantes a los que se debería ir una vez en la vida, salvo si se sufre de acrofobia, es decir, miedo irracional a las alturas. Desde que se abriera en el año 2002 dentro de las instalaciones del Banyan Tree Bangkok, se ha convertido en uno de los lugares más famosos de la capital tailandesa y muchos son los extranjeros que se acercan aunque sea a tomarse una copa en su bar. Localizado en lo que realmente es el helipuerto de la Thai Wah II Tower, a 194 metros de altura, el local es mucho más que un sobrecogedor emplazamiento desde el que observar el Gran Palacio Real, el río Chao Phraya, el templo Wat Pho, el Buda Esmeralda y otros famosos emplazamientos de la ciudad. Su cocina tampoco decepciona, con platos estrella como el tártar de atún marinado con huevas de salmón o la lubina con salsa de cítricos y cilantro. Precio medio por persona: A la carta, 45 € y diferentes menús cerrados desde 50 a 70 €. Bebidas aparte. www.banyantree.com/bangkok



Le Jules Verne, París. Cocina de altura a más de 120 metros.
El único inconveniente de cenar en uno de los restaurantes más románticos y caros de París –y del mundo- es que precisamente no se tiene vistas a la Torre Eiffel. Por lo demás, la ciudad se desparrama a los pies de esta mítica construcción de 330 metros que ofrece una de las más exclusivas experiencias gastronómicas que se pueden disfrutar en la vida. El afamado Alain Ducasse está detrás de una sofisticada carta basada en la cocina tradicional francesa donde se pueden encontrar propuestas como el foei gras con gelatina de higo, la paloma horneada con nabos tiernos o el lenguado Meuniere acompañado de setas, espinacas y salsa de vino. Con una capacidad para 95 comensales, conviene reservar con antelación, sobre todo si se va a acudir a cenar. El restaurante ofrece diversos menús cuyo precio oscila desde los 85 a los 200 €. A la carta, el precio medio es de 150 €, bebidas aparte. Le Jules Verne




360 Restaurant, Toronto. Una bodega de record Guinness.
Poco más de una hora tarda en desfilar la capital de la provincia canadiense de Ontario ante los ojos de los comensales que acuden a este restaurante giratorio situado en la CN Tower, que con sus 553 metros de altura es una de las construcciones más famosas del país. El establecimiento, especializado en comida regional de temporada, cuenta además con la bodega más alta del mundo. Más de quinientas cincuenta etiquetas y 9.000 botellas reposan exactamente a 351 metros, tal y como atestigua su record Guinness. Una amplia oferta que permite buscar el mejor maridaje para cada plato de su elaborada carta, donde se ofrecen productos canadienses como el lucio del Lago Erie, las ostras de la isla Prince Edward, el conejo de Quebec o la trucha ártica, entre otros. Como curiosidad, muchos de los vegetales y hierbas que aderezan los platos son cultivados en un huerto situado en la base de la propia torre. Precio medio por persona: 40 €, sin bebida. CN Tower



Asiate, New York. Un almuerzo con vistas a Central Park.
Los ventanales de casi cinco metros de alto y su ubicación en el 35º piso de la torre norte del Time Warner Center convierten al restaurante Asiate en una de las mejores opciones de la Gran Manzana para disfrutar de una comida con panorámica. Ni sus vistas ni su cocina de mercado con marcado sabor asiático defraudarán a quien se acerque a este refinado establecimiento perteneciente al hotel Mandarin Oriental New York entre cuyas especialidades destacan el estofado de vieiras, almejas y gambas dulces, el lomo de ternera de Kobe con puré de patata ahumada o la langosta a la mantequilla. Se puede ir el fin de semana a disfrutar de un brunch de tres platos o elegir a carta al mediodía por unos 30 € (sin bebida) u optar por la noche y descubrir su carta con su menú de tres platos por 60 € o su propuesta de degustación por 85 €. www.mandarinoriental.com/newyork




Al Muntaha, Dubai. Comiendo sobre el Golfo Pérsico.
Su nombre significa, lo máximo, lo supremo, el no va más, una denominación muy apropiada si se tiene en cuenta que se halla en lo alto del Burj Al Arab, el hotel más famoso de los Emiratos Árabes Unidos y uno de los pocos alojamientos del mundo calificado como siete estrellas. Con el Golfo Pérsico a sus pies, el restaurante Al Muntaha se haya suspendido a 200 metros de altura en una plataforma voladiza a la que se llega a través de uno de los ascensores panorámicos más rápidos del planeta. Exclusividad, discreción –no se permiten tomar fotografías por deferencia a los clientes- y una carta con sabores europeos y mediterráneos caracterizan a esta cita culinaria de altura a la que es mejor acudir para almorzar, ya que la noche no permite disfrutar de sus vistas sobre las impresionantes Islas Palmeras y el Golfo Pérsico. Precio medio por persona: 150 €, sin vino. www.jumeirah.com

Continua en Mesa y mantel en las alturas II.
Publicado en Revista Man.
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miércoles, diciembre 16, 2009

Mesa y mantel en las alturas II

... y continuando con los restaurantes...



100 Century Avenue, Shanghai. El restaurante más alto del mundo.
En el espectacular distrito de Pudong, símbolo del desarrollo económico chino, se levantan a lo largo de 492 metros los 101 pisos del Shanghai World Financial Center, uno de los rascacielos más altos del mundo. En la planta 91, y formando parte de las instalaciones del Park Hyatt Shanghai, se encuentra el 100 Century Avenue, un lujoso restaurante con grandes ventanales que ofrece una de las vistas más increíbles de la ciudad, con la torre Jin Mao Tower en primerísimo plano y la Oriental Pearl Tower y el río Huangpu en segundo término. De sus seis cocinas abiertas a la vista de los clientes salen los platos de un amplísimo menú de sabores japoneses, chinos y occidentales, con sabrosas sugerencias como el pollo especiado al estilo Sichuan, el tartar de atún con aceite de sésamo o la langosta de Boston al grill. Precio medio por persona: 80 €, sin vino. 100 century avenue



Cité, Chicago. Historia de la arquitectura tras los ventanales.
Qué mejor ciudad que la capital del estado norteamericano de Illinois para disfrutar de una cena desde lo más alto. Aquí, a orillas del lago Michigan, nació el rascacielos y se forjó el famoso estilo arquitectónico conocido como Escuela de Chicago. Aquel primer hito levantado en 1885, el Home Insurance Building, fue demolido en 1931 y ahora son otros los que despuntan del skyline chicagüense, como la famosa Torre Sears –ahora conocida por Willis Tower-, el John Hancock Center o el Lake Point Tower, donde se encuentra la excepcional panorámica de 360 grados que ofrece el restaurante Cité, situado en lo alto de este edificio de 70 plantas y 197 metros de altura. Los caracoles con salsa de hierbas y ajo, su Chateaubriand para dos y la tarta de queso al estilo Nueva York son algunas de las especialidades de este local con más de 35 años de historia. Precio medio por persona: 55 €, sin vino. Cité Chicago



Summit, Sydney. Un palco sobre la Ópera.
Las increíbles vistas sobre la bahía de Jackson, la Ópera de Sidney y el Puente del Puerto justifican por sí solos acercarse a este emblemático local de la ciudad australiana para disfrutar de una cena o tomarse una copa en su Orbit Lounge Bar. Situado a 170 metros sobre el suelo, en la planta 47 de la torre Australian Square, un icono arquitectónico de la ciudad, el restaurante Summit acaba de cumplir 41 años de historia, los dos últimos a cargo del reconocido chef inglés Michael Moore. Tanto el día como la noche le sientan muy bien a este local giratorio que ofrece una panorámica completa de 360 grados en una hora y 45 minutos. Mientras que al mediodía se puede optar entre pedir a la carta en el Summit o almorzar algo más ligero en el Orbit Lounge Bar, a la hora de la cena el restaurante ofrece un amplio menú entre los que destacan platos como los tortellini rellenos de pera caramelizada y jamón o las vieiras crujientes fritas acompañadas de gambas asadas al ajo. Precio medio por persona: 50 €, sin bebida. Summit Restaurant



The Globe, Riad. El desierto a vista de pájaro.
La mejor imagen de la capital de Arabia Saudí se obtiene al atardecer desde lo alto del Al Faisaliah Center, una espectacular torre diseñada por el arquitecto británico Norman Foster que acoge un centro comercial, oficinas y el hotel homónimo. A 240 metros del suelo se sitúa una gigantesca bola geodésica realizada con 655 paneles de cristal y de tres pisos de altura y 24 metros de diámetro, en cuyo interior se encuentra el restaurante The Globe. Es uno de los mejores restaurantes del país y además de unas increíbles vistas sobre la ciudad y el desierto que la rodea, ofrece una cuidada carta de platos internacionales, con especial hincapié en la cocina francesa. Su decoración minimalista, iluminación tenue e impecable servicio permite recrearse en la panorámica sin distracciones y disfrutar de una romántica y lujosa velada. Precio medio por persona: 70 €, sin bebida. www.alfaisaliahhotel.com



Equinox, Singapur. Tres países en una sola panorámica.
Indonesia y Malasia aparecen como telón de fondo en las soberbias vistas que se disfrutan desde el piso 70 del hotel más alto del Sudeste Asiático, el Swissôtel The Stamford, localizado en el complejo Raffles City de Singapur. A 226 metros del suelo, el restaurante Equinox, que comparte la planta aunque no sus enormes cristaleras con el restaurante Jaan, especializado en cocina creativa francesa, es uno de los locales más populares para admirar el skyline de Singapur. De su cocina salen platos de sabores occidentales o asiáticos, con algunos ejemplos de fusión de ambos recetarios. Destacan, entre otras sugerencias, el pastel de cangrejo con abadejo ahumado y sopa de espárragos, el pargo del Golfo al vapor con hierbas chinas, vegetales asiáticos y setas Shitake o la compota de ruibarbo y fresas con bavarois de vainilla de Tahití. Precio medio por persona: A la carta, 60 €. Menú degustación, con vino: 120 €. Otros menús, desde 30 €, sin bebidas. Equinox Complex

Publicado en Revista Man
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