El color escarlata de los cerezos llenó el corazón de Chieko. “Ah, también este año he podido gozar de la primavera en Kioto”, pensaba, y se detuvo, incapaz de apartar la mirada. No es casualidad que los personajes del escritor japonés Yasunari Kawabata siempre anden rumiando sus problemas o descubriendo el amor mientras pasean por parques y jardines. Tampoco que en “Kioto”, su protagonista Chieko acuda al santuario sintoísta de Heian para ver el florecimiento de los cerezos. Éste, junto a otros puntos de la ciudad como el templo de Kiyomizu-dera y el Sendero de los Filósofos, es uno de los enclaves favoritos por los japoneses para disfrutar del espectáculo natural más relevante de la primavera. Y es que en el país de la tecnología, los Manga, los concursos histriónicos y las jornadas laborales maratonianas, sobrevive aún un profundo amor por la naturaleza y por la belleza efímera que trae consigo cada una de las estaciones.

Los jardines japoneses, aunque honran con delicadeza el esplendor de los paisajes del país, son profundamente humanos en cuanto reflejan el complejo y sensible carácter del pueblo nipón. La contemplación y la armonía son inducidas a través de rocas, árboles, plantas, estanques y senderos en unos diseños que adquirieron un mayor ascetismo en los jardines zen o karensasui, donde la roca, los guijarros y la arena rastrillada invitan a la meditación y a una participación más activa por parte de quien lo observa. Kioto, la antigua capital imperial de Japón durante más de 1000 años y guardiana de la esencia cultural del país, es posiblemente el mejor destino para descubrir en alguno de sus numerosos jardines la delicadeza y sensibilidad de un pueblo celoso de sus costumbres que no quiso abrirse a Occidente hasta la firma en 1854 del Tratado de Kamagawa, que permitió establecer relaciones comerciales con Estados Unidos.

Con diecisiete enclaves designados Patrimonio de la Humanidad y más de 2.000 templos budistas y santuarios sintoístas, podría parecer que la monumentalidad de la ciudad es tan evidente como la que se aprecia en París o Roma. Muy al contrario, su belleza se esconde en gran parte tras muros y portones. Y, en ocasiones, su belleza es tan simple y compleja a la vez como un haiku, el tradicional verso japonés que en tan sólo diecisiete sílabas capta la plenitud de un instante y donde la naturaleza vuelve a ser protagonista: “La dulce noche primaveral / contemplando cerezos en flor / ha llegado a su fin” Quizás cuando el célebre poeta Matsuo Bashō escribiera este haiku estuviera describiendo el final de un día celebrando el hanami, una costumbre muy arraigada que lleva a los japoneses a reunirse con su familia o amigos bajo los cerezos florecidos en torno a una comida acompañada de sake.

El parque de Maruyama-koen es el enclave más popular de Kioto para esta celebración y durante la primera quincena del mes de abril –puede variar dependiendo de la fecha de la floración- la gente acude en masa a festejar y a disfrutar de la belleza del impresionante cerezo llorón o shidarezakura que en él se levanta y que en estas fechas es iluminado a la noche hasta las dos de la madrugada. Los jardines del Castillo de Nijo, antigua residencia de los shogunes Tokugawa, el templo budista de Kiyomizu-dera, uno de los monumentos más sobresalientes de toda la ciudad y famoso por su impresionante terraza apoyada sobre cientos de pilares de madera, y el distrito de Arashiyama, situado al pie de las montañas occidentales de Kioto, son otros de los enclaves recomendados para disfrutar de la floración blanquecina, rosácea o escarlata de los cerezos. O, si se viaja en noviembre, del otro gran espectáculo natural de la ciudad: el otoño.

Al igual que el hanami, el momiji gari atrae a la ciudad a numerosos turistas que, cámara en ristre, no se cansan de retratar una y otra vez las impresionantes coloraciones rojizas de las hojas de los arces, las doradas del ginkgo o las anaranjadas de los cerezos. Precisamente en Arashiyama es muy recomendable realizar una excursión en barca por el río Hozu, lo que permite disfrutar durante dos horas de los colores otoñales mientras se discurre por entre cañones densamente arbolados. Otra de las atracciones del distrito son los bosques de bambú que en él se encuentran y que durante los días de viento proporcionan un auténtico espectáculo sonoro al colarse las ráfagas de aire por entre los altísimos tallos huecos de estas plantas de la familia de las gramíneas que pueden llegar a medir hasta 25 metros. El situado junto a la puerta norte del templo zen de Tenryū-ji es uno de los más famosos de la ciudad.

Otras ubicaciones donde descubrir la pasión japonesa por el otoño son el Pabellón de Plata o Ginkaku-ji, donde un jardín zen abre el camino a un bello recorrido por la ladera de la colina; el gran templo de Eikan-dō, próximo al Camino de los Filósofos y desde cuya pagoda Taho se admiran unas soberbias vistas de la ciudad; y el templo de Kodai-ji, con un bello jardín zen y casas de té o chashitsu y situado al sur del distrito de Higashiyama, famoso por sus hermosos templos –aquí se encuentra el de Kiyomizu-dera- y sus casas tradicionales de madera, presentes en calles como Sannen-zaka, Ninen-zaka, Nene no Michi –donde se levanta Kodai-ji- e Ishibei-kōji, una de las callejuelas más bonitas de la ciudad y cuyo uno de los extremos se encuentra casi frente por frente de la entrada al citado templo.

Junto al distrito de Gion, famoso por sus casas de té y sus exclusivos establecimientos atendidos por geishas, y el colorido y animado Ponto-chō, con una interminable oferta de restaurantes, el Pabellón Dorado o Kinkaku-ji y su reflejo en el estanque conforman una de las imágenes más fotografiadas de la ciudad. Sobre todo en otoño, cuando el rojo de los arces enmarca la dorada fachada de esta antigua casa de retiro que se construyera en 1397 el shogun Ashikaga Yoshimitsu. A un corto paseo, se encuentra otra de las visitas más remarcables de Kioto. Patrimonio de la Humanidad al igual que Kinkaku-ji o Kiyomizu-dera, el templo zen de Ryoan-ji posee el más antiguo y sobresaliente jardín seco o karesansui del país.

Seiscientos años después de su creación, aún hoy es un misterio el significado y la intención que le dio su diseñador, también desconocido. En un rectángulo de 31 metros de largo por 15 de ancho, quince rocas se reparten en grupos de cinco a lo largo de un mar de grava. Y aunque el número 15 denota en budismo la completitud, es imposible ver al mismo tiempo todas las rocas ya que siempre queda una de ellas escondida, se mire desde el punto donde se mire. Por lo visto, y tendiendo en cuenta que se encuentra en un templo zen, se cree que sólo cuando se alcance la iluminación espiritual será posible ver al mismo tiempo todas las rocas. Mientras tanto, el paisaje o la escena que se supone recrea el conjunto sigue siendo un enigma.
Otros de los jardines zen más sobresalientes de la ciudad se pueden contemplar en los templos de Ryogen-in, Honen-in, a tan sólo 10 minutos del precioso karesansui del Pabellón de Plata y famoso por sus dos plataformas gemelas de arena rastrillada y en el de Tofuku-ji, único por tener cuatro jardines, cada uno colocado en un punto cardinal diferente. Desde el hall principal del templo, se pueden observar todos ellos, entre los que destaca el situado al sur, donde un océano dibujado en la gravilla rodea cinco composiciones de rocas que simbolizan montañas y las islas sagradas de Eiju, Horai, Koryo y Hojo.

Completamente diferente a todos los demás jardines es la obra maestra que se esconde tras los muros que rodean al templo de Saihōji, también Patrimonio de la Humanidad. Aquí, el protagonista es el musgo. Nada menos que 120 especies cubren árboles y suelo, aunque para los ojos no expertos en briofitos será tarea ardua distinguir más de cinco. Durante los meses de mayo y junio los colores del musgo se reavivan gracias a las lluvias, lo que le convierte en uno de los mejores momentos para ir a visitarlo. Descubrir esta alfombra de musgo no es tarea fácil, ya que la visita está restringida y sólo se puede acceder a ella escribiendo una carta franqueada para la contestación al templo (Saihō-ji, 56 Matsuno jinjatani-cho, Nishiyo-ku, Kyoto 615-8286), indicando las fechas en las que se desea visitar. También se puede intentar concertar una cita a través del Centro de Información Turística de Kyoto (http://www.pref.kyoto.jp/visitkyoto) Un esfuerzo que, por otra parte, permite disfrutar de una ceremonia budista y de la lectura y escritura de sutras. Toda una experiencia sensorial y espiritual digna de una ciudad como Kioto y de un país misterioso y delicado como un haiku. “Una flor caída / Regresa volando a su rama / ¡Una mariposa!” (Moritake)
© Nuria Cortés. Publicado en Revista Capital.
Fotografías de JNTO y Alberto Paredes.