martes, octubre 26, 2010

Las Vegas: Más de 100 años haciendo juego, señores.

Dos días en Las Vegas. Éste es el tiempo máximo que permanecen en ella la mayoría de los 30 millones de visitantes que la visitan. Incluída yo misma. Cuarenta y ocho horas de decorados kitch, ruletas, tragaperras, cartas, bienvenidos señores, esperamos su vuelta pronto, señores; ¿está todo de su agrado, señores?, ¿en efectivo o con tarjeta?, quizás esta noche duerman en la suite Cleopatra, hagan su apuesta, señores; y otro tanto de luces histéricas diseñadas para aturdir los sentidos y los bolsillos de aquellos que deciden escapar de su monotonía durante el fin de semana. Tanta sonrisa de plástico, tanta amabilidad dirigida a seducir la cartera de los pudientes y la vergüenza por no serlo del trabajador medio que se lleva a su señora a una noche de fantasías y sueños. Ellos, los que nunca serán ricos, posiblemente se gastarán más de lo que debieran por no reconocer que tanta bombilla y champán les viene grande. Porque a Las Vegas sólo se va a soñar que uno es rico y que un golpe de suerte le devolverá a su casa con una historia que contar a los amigos y unos cuantos de cientos de miles de dólares más.



Esta locura de ciudad, este artificio nacido en el medio del desierto, cumplió 100 años de existencia en el 2005. No demasiado tiempo en realidad para haberse convertido en la hija perfecta del American way of life, donde todo es posible y cualquier cenicienta se puede convertir en princesa si desarrolla el marketing y el producto de la forma correcta. No sé si esta tierra, antaño hogar de los indios navajos, deseaba vestir lentejuelas y despertar una mañana con resaca y el rimmel corrido. Pero éste fue su destino cuando en 1905 se subastaron los 110 acres de terrenos que hoy forman el Downtown. Ciudad clandestina del juego en sus inicios, la Gran Depresión la transformó en un lugar respetable cuando el estado de Nevada decidió legalizar de nuevo el juego. Diez años después comenzó su largo idilio con las mafias, los actores de Hollywood o los cantantes tan carismáticos entonces como Sinatra o Elvis, que frecuentaron los escenarios de Las Vegas a partir de la década de los 50. Hoy el Rey del Rock aparece aquí y allá, casándose con una rubia que aún no se fue a acostar, posando junto a un turista o subido a un escenario de algún teatro.


Supongo que pocas cosas han cambiado, a pesar de los resorts a lo Disneyworld. Sigue siendo una ciudad de excesos diseñada para distorsionar la realidad, para hacer olvidar con sus pirámides, su Torre Eiffel, su Plaza de San Marcos y su Manhattan que uno se encuentra en mitad del desierto, en mitad de la nada. Artificios como el olor a coco que emana del Tropicana, invadiendo con su dulzura incluso la calle. Aromas de pega para tapar el olor que sale de las mesas, de las máquinas tragaperras, del tabaco que aquí sí tiene territorio, porque, en Las Vegas, en esta ciudad que vive para y por la diversión, ningún fumador se ve aún privado de su vicio. Una bola de cristal donde, en vez de caer copos de plástico-nieve sobre una bailarina, se derrama la luz de cientos de bombillas sobre todos aquellos que acuden a ella para salir de su vida real y estática. Todos buscando un golpe de suerte que engrose su cuenta de ahorro con aires de grandeza o una sonrisa del destino que permita cambiar el look de camarera por el de cantante. Esto es Las Vegas. Donde dicen que  nunca se duerme aunque realmente lo que nunca pare es el juego. Los restaurantes cierran, los clubs también pero ni la mala ni la buena suerte se van a la cama. Hagan juego, señores. Esto es Sin City, la ciudad del Pecado.

2 comentarios:

villa spain dijo...

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