Además de por los bellos paisajes, una de las principales causas que animan a los pasajeros a viajar en El Transcantábrico es el encanto del trayecto mismo: disfrutar de la lectura de un libro con el sonido del traqueteo de fondo, enfrascarse en una partida de ajedrez o de cartas, sestear acunado por el dulce vaivén, trabar nuevas amistades con un café entre las manos, bailar a la noche en el pub mientras fuera todo es silencio o simplemente relajarse mientras se fija la mirada en la cambiante acuarela que asoma en el exterior después de haber saboreado, por ejemplo, un excelente cocido lebaniego. No es la única de las especialidades de la cornisa cantábrica que aparecen a la mesa. La fabada asturiana, el pulpo con cachelos, los percebes de Cedeira, el cabritu, el bacalao al pil-pil, las cocochas, el marmitaco de bonito, las almejas a la marinera y el arroz con leche o los frixuelos –ya en los postres-, son otros de los platos y de los mejores productos regionales que se sirven en establecimientos de prestigio como los Paradores de Gijón, Santiago de Compostela, León, Santillana del Mar y Ribadeo y que convierten a la gastronomía en una de los más apreciados atractivos del viaje.

Muchas son las localidades que se visitan durante estos ocho días de recorrido. Algunas destacan por su encanto, como la marinera Cudillero, apiñada cual colonia de mejillones multicolor, o la cántabra Santillana del Mar, que con sus balcones panzudos y su coquetería de geranio florido conduce a la cercana Neocueva de Altamira. Luarca y su cementerio que mira al mar, el mismo desde el que llegaron los indianos que un día marcharon a las Américas y volvieron a Asturias con fortuna y el sueño de construirse una casa señorial. Las mansiones de Llanes hablan de ellos al igual que algunos de los viajeros latinoamericanos con raíces españolas que al pasar por Asturias o Galicia cuentan historias de abandonos y encuentros.

En otras, en cambio, el arte es el protagonista. Tal es el caso en Saldaña, Carrión de los Condes, Villalcázar de Sirga y Fromistá, con importantes muestras del románico palentino, o Bilbao, que muestra a los viajeros la colección contemporánea del Museo Guggenheim, que desde hace una década saluda cada día, como hinchado de viento, a los bilbaínos. Sin olvidar Oviedo, con sus plazuelas, su Catedral y las cercanas iglesias de Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo, soberbias muestras del prerrománico asturiano, ni por supuesto León o Santiago de Compostela, indiscutibles protagonistas no sólo por su belleza arquitectónica sino por ser ambas ciudades principio y fin del viaje en el Transcantábrico.

Ya sea en el Parador de Sos Reyes Católicos o en el Hostal de San Marcos, en Santiago y León respectivamente, en el último almuerzo siempre se repiten las mismas imágenes. Hay revuelo entre los viajeros, unos y otros se intercambian direcciones y en las conversaciones de nuevo aparecen los paisajes más bellos del recorrido, las ciudades visitadas, quizás la noche que se disfrutó en el Casino de Santander o el paseo por A Coruña, los bailes en el coche pub que duraban hasta que el cuerpo aguantaba y, cómo no, las anécdotas más divertidas del trayecto. La guía y el jefe de expedición se despiden entre aplausos. En la estación, todo se prepara para los nuevos viajeros porque esa misma tarde, otro grupo saldrá a descubrir o rememorar desde esta particular atalaya la callada belleza del norte de España. Más información: http://www.transcantabrico.feve.es/
Publicado en Revista Capital
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