sábado, octubre 25, 2008

El Transcantábrico: un mirador sobre el norte de España I

El sol va cayendo sobre el lecho de un río. A estas horas nadie trabaja en los huertos. Tan sólo se oye el traqueteo de un tren que se acerca. Su pitido resuena en el valle. Un lugareño detiene su paseo y levanta la vista. Como cada semana, saluda a quien le quiera ver desde la ventana. El Transcantábrico se aleja con su balanceo de cuna. Tras de sí, todo vuelve al silencio y al devenir de la noche.



Hace ya un cuarto de siglo que esta imagen, como tantas otras, se viene repitiendo temporada tras temporada desde que en 1983 se inaugurara este espectacular recorrido de ocho días y siete noches a través del cinturón ferroviario de vía estrecha que ciñe la costa septentrional de España. La novela del escritor Juan Pedro Aparicio “Transcantábrico”, cuyas páginas narran un viaje en el ferrocarril de La Robla, que partiendo desde la localidad leonesa transportaba carbón y emigrantes a los altos hornos vizcaínos, dio la idea a los entonces directivos de FEVE de recuperar aquella abandonada ruta hullera para unirla al resto de la vía métrica del norte de España y crear así un viaje de lujo entre León y Santiago de Compostela. Ante los ojos del viajero aparecieron valles, acantilados, rías, huertos, bosques y campiñas mientras se lograba sacar a las líneas ferroviarias de la costa del abandono peligroso que ya comenzaban a tener.



El éxito continuado de aquella iniciativa obligó en 1999 a la construcción de otro convoy gemelo, el Transcantábrico II, que se encargaría de realizar el recorrido inverso desde Santiago de Compostela y que terminó por convertir aquella idea un tanto arriesgada en el primer tren exclusivamente turístico del mundo en número de viajeros anuales, de los cuales el sesenta y cinco por ciento son españoles mientras que el resto suele provenir de Reino Unido y países latinoamericanos como México. A través de una distancia de unos 1000 kilómetros, los pasajeros visitan los enclaves más interesantes del norte de España, destacados todos ellos por su belleza o por su patrimonio cultural. Dado el precio del viaje, 2.500 € por persona en habitación doble y 3.500 € en individual (visitas y comidas incluidas), no es de extrañar que el cliente medio sea un profesional liberal, ejecutivo o empresario en torno a los 55 años de edad que desea conocer o redescubrir el norte de España de una forma original, cómoda y lujosa. Para ello, muchas son las reformas que han sufrido los vagones “pullman” que lo inauguraran. Toda una suerte de cirugías para aumentar el confort de los 52 pasajeros de este hotel rodante de doce vagones, cuatro de ellos destinados a salones, cuyas habitaciones cuentan con cama de matrimonio, algunas de ellas con posibilidad de añadir una litera; baño privado con hidrosauna, turbomasaje y baño de vapor, armario, minibar y escritorio.


Como dijo Ramón Gómez de la Serna, “el pitido del tren sirve para sembrar de melancolías los campos” Y eso es lo que sucede cuando comienza su recorrido el Transcantábrico y asoman por las ventanas páramos, hayedos, huertos, valles..., levantando nostalgias en quien recuerda sus viajes de niño, cuando no se podía tener prisa porque los tiempos eran otros, o en quien redescubre que los paisajes aparecen diferentes cuando se contemplan a cincuenta kilómetros por hora. La naturaleza, como el arte o la gastronomía, es uno de los grandes atractivos del viaje. A veces se disfruta desde el tren, otras durante las excursiones diarias. Así aparecen el espectacular Pantano del Ebro, los recovecos del Desfiladero de Hermida, con sus robles, abedules y acebos, los Lagos de Covadonga, el Cantábrico asomando tímido a través de las rías cántabras de San Vicente, Tina Menor y Tina Mayor o, ya sin tapujos, a su paso por las Rías Altas, cuando se cruza el puente sobre la Ría de Ribadeo o casi se acaricia el mar de los arenales que rodean a la marinera Burela. Sin olvidar los bosques de eucaliptos, robles y castaños que acompañan el precioso camino entre El Ferrol y Mera, impregnando con todo su aroma las cabinas que mantienen sus ventanas abiertas.

Publicado en Revista Capital
Fotografías de Alberto Paredes